En aquel tiempo, envió Jesús a los Doce con estas instrucciones: “Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente.

No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven morral para el camino ni dos túnicas ni sandalias ni bordón, porque el trabajador tiene derecho a su sustento.

Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, pregunten por alguien respetable y hospédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar, saluden así: ‘Que haya paz en esta casa‘. Y si aquella casa es digna, la paz de ustedes reinará en ella, si no es digna, el saludo de paz de ustedes no les aprovechará. Y si no los reciben o no escuchan sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacudan el polvo de los pies. Yo les aseguro que el día del juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos rigor que esa ciudad”.

Palabra del Señor.


Todos los bautizados participamos de este mandato de Cristo, tenemos la misión de anunciar a los hombres que viven en situaciones difíciles, con problemas o situaciones de desintegración familiar, que ya se acerca para ellos el Reino de Dios.

Tu como cristiano tienes la clave para la felicidad, que no está en poderes ocultos en el hombre, ni en piedritas ni amuletos, sino en dejarse tocar por Cristo, el salvador.

El hombre por sus solas fuerzas no puede alcanzar la felicidad ni su realización, porque siempre quedan dimensiones profundas de insatisfacción en su interior, dimensiones que solamente la presencia de Cristo puede llenar.

Es por ello que hemos de anunciar en todas partes que el Reino de los Cielos está cerca, y viene con Cristo, Dios y hombre verdadero, presente en su Iglesia. Esta es nuestra experiencia que con gozo compartimos al mundo.


Germán Alpuche San Miguel

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