Resulta casi obvio que este tipo de espectáculos está diseñado para amantes del género musical, discriminantes de un estilo preeminentemente Broadway-Hollywoodiano, y también para gays.

Barbra, Cher, Liza, Bette, Celine... todas figuras grandes, legendarias, todas automáticamente se relacionan con ambos grupos: los ama-musicales, y los homosexuales. Aunque desde luego hay distancias, aunque cuando mucho, poco menos de 6 grados de separación.

Un “show stopper” literalmente significa eso: una canción, melodía, o momento cumbre en un espectáculo, que arranca aplausos instantáneos, casi siempre de pie, y que forza al show a detenerse. “Show”, espectáculo, “stop-per”, un alto forzado.

El espectáculo más reciente del imponente nuevo Teatro Encore, del hotel homónimo gemelo del Wynn en Las Vegas, nace de una sorpresa que Steve Wynn, dueño de muchos de los grandes hoteles en Vegas (considérelo el Carlos Slim de la ciudad del juego), da a su esposa en un aniversario de bodas. Trae a un buen director de orquesta que le reúne un buen equipo, a un coreógrafo amigo y a una treintena de coristas de las que pululan en la capital del juego. Todo para una noche celebratoria.

El buen sentido de la mujer, como las que suelen estar detrás de los grandes hombre, le inspira: ¿porqué no hacerlo en serio, no para una noche sino para un show verdadero, y mostrarlo como tal?.

“Showstoppers” nace del gusto de quienes lo conciben.

Veintidós números musicales tomados de algunos de los mejores ejemplos de musical de Broadway, 30 músicos e igual número de coristas, un cuarteto de “leads” (líderes) o intérpretes principales, un recorrido por la historia melódica de Broadway que abre y cierra con el himno “No hay negocio como el negocio del show”, del musical de los 40s creado por Irving Belin “Anita tomó su fusil”. y enmedio una cascada de melodías tomadas de algunos montajes destacados, con segmentos de “Mame”, “Hello, Dolly!”, “Gypsy”. “Cabaret”, “Damm Yankees”, “Funny girl”, “Guys and dolls”, “Chicago” y desde luego el final clásico superespectacular: la treintena de danzantes al unísono con “One”, de “A chorus line/Un gran final.”

Un juego escénico fantástico donde desde los cantantes y bailarines hasta las cortinas, en uso ingenioso, son parte integral, atmosférica y en especial estimulantes, deja claramente feliz al espectador exigente, aunque yo hubiese esperado tantito más, como...

¿Porqué no hay nada de Sondheim, el maestro de musicales como “Sweeney Todd” o “Follies”, con melodías como “I´m still here”, “Broadway baby” o “Losing my mind”, clásicas; o el caso “Damm Yankees”, musical de Adler/Ross sobre el beisbolista que vende su alma al diablo por el triunfo de su equipo eterno perdedor, del que eligen dos melodías agradables, pero no la mejor, “Wathever Lola wants” (Lo que Lola Quiere, ella como embajadora de Satán), o en vez de “Together we go” de “Gypsy” las más fuertes “Rose´s turn” o el número de las strippers Mazeppa, Tessi Thura y Elektra, que es más efectivo, y nada de “Violinista en el tejado”; aunque en cambio y quizá por cosa de derechos autorales, nos dan una espléndida “Don`t rain on my parade” (Hello, Dolly!) cantada por Rachel Tyler, a quien la Streisand debería envidiar.

O los fantásticos números de “Chicago”, especialmente “Cell block tango”, con escenografía, coreografía e intención a la perfección.

De cualquier manera, es un espectáculo diseñado para abrirnos boca y lo consigue. Y uno sale tarareando al ruido exterior de la party people que en Las Vegas encuentra virtualmente todo lo que necesita para sentirse satisfecho de la elección y el costo de todo ello. Y sí, hello!, la familia gay aplaude a no poder parar.



II Talavera Serdán

Especial