Cuando un hermano se va, la pena se va acumulando desde el momento mismo de la despedida, o mejor dicho del hasta luego, tocando el lugar en donde su corazón trabajó, tanto en jornadas de dicha, como de pena, dentro de un cuerpo conservando todavía la tibieza de una vida que se tornaba segundo a segundo fría, helada y sin retorno alguno.

Mas cuando un hermano-amigo parte, uno no concibe ni siquiera a deletrear la zozobra dejada por la infausta partida, ante lo cual los recuerdos tienden a formar una barricada, buscando que ahí se estrellen toda clase de pensamientos funestos y enteramente dolorosos.

Juan Manuel partió con las botas puestas, con el valor espartano con el cual combatió al infortunio detrás de la trinchera de su propio lecho, partiendo en base a dos suspiros, muerte de santo, dejando atrás sus postrera Navidad y Año Nuevo, sus últimas ilusiones de vida, contemplando siempre las manecillas del reloj y el sonar de sus campanas, tanto en el nacimiento de Jesús, como en el adiós a su año trascendental como un guerrero auténtico de la existencia.

Doce campanadas, que al correr de los pocos días fueron diez, las que marcaron su partida hace ya nueve mañanas, recibiéndose la noticia, mezclando la tinta del Diario querido con las de las lágrimas llegando por la vía telefónica, o tal vez por la de la propia alma, el repique de campanas, para unos accionadas por el reloj y para otros llevadas al cabo por Dios.

Profesionista brillante, calificación de 9.9, diez sobre diez, para mi concepto, tras su examen profesional en la propia UNAM, trabajador honesto y leal, padre amantisimo (Natalia fue su inspiración y ahora su misión mas requerida desde el cielo), esposo sin par (Lucía dibujó su corazón junto al de él).

Nueve días, nueve vidas, nueve siglos, para el recuerdo es lo mismo,

Nueve lo es todo cuando un amigo se va, y cuando parte un hermano. Las horas inolvidables de Juan, la una de la tarde cuando nació Natalia, las diez de la mañana cuando Dios lo recibió.


Tomás Setién Fernández


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