Durante la segunda guerra mundial Hollywood produjo unas cincuenta películas acerca de la contienda con el ánimo de convencer a la gente de que los nazis eran los malos y que los norteamericanos y sus aliados eran los buenos, tendencia que se vino a confirmar al final de la guerra, cuando se dieron a conocer los crímenes cometidos por Hitler en los campos de concentración y exterminio. Una de esas cintas, sin acudir a filmaciones de lo que son las batallas, me llamó mucho la atención por su argumento: dos soldados se hacen amigos en un frente; uno de ellos recibía con mucha frecuencia cartas y fotografías de su novia pero él nunca le contestó y tiraba, sin leerlas, las de la muchacha. Su compañero (cuyo personaje protagonizaba Joseph Cotten), vio con malos ojos la ingratitud de su amigo que acabó con pasarle las cartas que recibía para que el otro las contestara. Así fue como se fortaleció la relación amorosa, de hecho, entre la novia y su desconocido pues aquella pensaba que al fin su novio había tenido tiempo de contestarle por correo. Viene después el nudo de la historia: el novio verdadero muere en combate y al terminar su servicio el escritor regresó a los Estados Unidos donde visitó a la novia de su compañero. Ella, con lágrimas en los ojos, le dijo que sufría porque ya no recibiría más las cartas del difunto. Pasaron los días y el soldado y la novia se siguieron viendo; poco a poco la joven se fue percatando que el soldado tenía el lenguaje y la letra eran iguales a los de las cartas del novio, hasta que llegó a convencerse. La consecuencia fue fácil para terminar la película: ambos protagonistas se enamoraron.

El actor Joseph Cotten fue muy cotizado en su época; desempeñó el papel de consejero bueno de Orson Welles en el film “El ciudadano Kane”; participó en otra película muy gustada, “El tercer hombre” en Viena; con Marilyn Monroe Cotten protagonizó a un recién casado que fue a pasar su luna de miel a las cataratas del Niágara: Torrente Pasional.

En mi infancia y mi juventud el cine fue la felicidad. No pasaba una semana sin que dejara de ir al cine Zardaín, donde por veinte centavos del boleto se podían disfrutar dos buenas películas. Miré el comienzo de las carreras de artistas que luego fueron muy famosos: Carole Lombard, Gary Cooper, Paulette Godard, James Stewart, Clark Gable y su pareja en Lo que el viento se llevó, Vivien Leigh. Después de un largo intermedio de años en que estuve en el hogar con mi pareja atendiendo a mis hijos, hoy me he vuelto de nueva cuenta cinéfilo. Entre tanta basura de violencia y sexo que se exhibe, uno encuentra una que otra buena película.

Rubén Calatayud

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