En la ciudad de Córdoba se multiplicaban las ventas de balones de voleibol, así como la de las pelotas spolding, ahí en la tienda de La Cadena de Oro, con el señor Olavarrieta por delante de una negociación, que hizo historia y además abrió el sendero para la llegada de otras tiendas deportivas, como Deportes de Córdoba con Manolo Vela al frente, hombre sostenedor de las fiestas de las entregas de trofeos de la Liga Cordobesa de Beisbol año tras año, remarcando su cuerpo, con una que otra cicatriz de la guerra civil española, con el lanzamiento de una recta pegada al pecho.

Nuestra ciudad vivía para la acción de dos deportes, el beisbol y el voleibol, enmarcando a este último los juegos inolvidables llevados al cabo en la cancha histórica y legendaria del colegio femenil Ana Francisca de Irivas, mas conocido desde los cincuentas como el de La Mascaron, esto último basado en la leyenda de un gallo de oro madrugador dialogando con una máscara de piedra, que según los mas viejos de la comarca se escuchaba noche tras noche por mucho tiempo.

Y ahí en el colegio citado, dentro de su cancha ubicada en el centro de su patio, se hicieron habituales los primeros partidos de voleibol que se verificaron en Córdoba, asistiendo el público en grandes cantidades, para observar esos cotejos que llenaban de emociones sin par a los que sostenían los prestigios de uno u otro equipo siempre de niveles estudiantiles o colegiales.

De esa manera surgirían las primeras heroínas de las canchas de concreto, no olvidando los esfuerzos y talentos de María Elena Fritchie, una titánica jugadora que aceptaba a las primeras de cambio el echarse a su equipo a sus espaldas, digna sucesora de lo realizado por su señor padre,este en el ámbito del béisbol, cuando jugó como catcher dentro del enlistado de aquellos Cafeteros de Córdoba campeones de la Liga Mexicana de Beisbol en el año de gracia de 1939.

Los raspados de sabor a grosella, las paletas heladas, los cacahuates garapiñados se convertían en el maná de aquel publico generoso que se envolvía detrás de cada lance de aquellas jovencitas en edad de merecer, y de ser consideradas como las líderes de los primeros pasos del voleibol en Córdoba.

Contando la leyenda misma del Mascarón y El Gallo de Oro, dentro de un agregado extra, que en más de una ocasión pintó el reto de librar un partido de voleibol, para así definir de quién sería el rico tesoro de oro puro, cuya propiedad pendía del delgado hilo de la venta del alma al propio diablo de dos familias legendarias.


TOMÁS SETIÉN FERNÁNDEZ


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