Un buen día, yendo Jesús por los caminos de Samaría tuvo sed y se sentó en el brocal del pozo del patriarca Jacob. Como no llevaba nada para sacar agua, pidió de beber a una mujer samaritana que vino al pozo por agua. La mujer le dio de beber. Y esa fue su salvación. Le ofreció un vaso de agua y alcanzó el favor de Dios. Vino a sacar agua para saciar su sed y se encontró con la fuente de agua viva, que satisface la sed para siempre. Reiteradamente lo había buscado su corazón sin saber cómo. Pero buscaba erróneamente: Cinco sueños, cinco maridos, cinco desengaños; demasiadas tragedias para una vida insatisfecha.

Los hombres tenemos sed. La tuvo el pueblo de Dios, Israel, en su camino por el desierto, la tuvo la samaritana, la tiene el hombre contemporáneo. ¿Pero quién puede saciar tanta sed? No hay agua suficiente para apagar tantos deseos. Necesitamos algo superior, necesitamos a Dios. Por lo mismo Jesús nos dice a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI: “Si conocieras el don de Dios...”. El hombre de hoy no acierta a descubrir a Dios como don, como gracia. Tal vez necesite experimentar con fuerza el desengaño que generan las cosas y las personas.

La experiencia que nos da la vida nos enseña que nada de aquí abajo tiene capacidad para llenarnos. Las cosas están ahí para calmar y colmar nuestros deseos. Muchas veces nos dejamos engañar por ellas, que nos seducen y conquistan. Pero, una vez poseídas, nos desilusionan y nos producen nuevos deseos, más sed; nada de este mundo puede llenar nuestro corazón.

El pozo del corazón humano no se llena con el agua del consumismo, del bienestar, del permisivismo sexual o de libertades políticas. Se hacen muy actuales las palabras de Yahvé dirigidas a su pueblo por el profeta Jeremías: “Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron cisternas, aljibes agrietados que no retienen el agua” (2, 13). Lamentablemente nos agarramos a lo superfluo. Por eso Jesús advierte: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú a él y él te daría agua viva...”.

Una vez comprobado que las cosas no nos satisfacen, solemos volver nuestras miradas a los hombres. Buscamos la satisfacción que puedan darnos las personas: sean deportistas, artistas, políticos... Pero la satisfacción sigue siendo imposible. La sed sigue aumentando, porque no dejan de ser ídolos humanos que fabricamos, que nunca pueden ser nuestro absoluto. Siempre es más lo que uno espera de los otros, que lo que te ofrecen.

Ortega y Gasset escribía: “Lo que más vale en el hombre es su capacidad de insatisfacción. Si algo divino posee, es un divino desencanto”. Es verdad, el hombre es un animal insatisfecho, el hombre es un animal que siempre tiene sed. La razón primordial de esta sed es que pone su confianza en ídolos humanos. San Juan Pablo II se atrevió a afirmar que, concretamente Europa, “mantiene socialmente el compromiso matrimonial con Cristo, (se dice cristiana) pero en realidad vive en concubinato con los ídolos”. La riqueza, el bienestar, el sexo, la vanidad. Lo mismo nos pasa a muchos: nos llamamos cristianos y vivimos apegados a esos mismos ídolos. Vivimos en adulterio espiritual. Alguien, Jesús, se atrevió a proclamar que él podía calmar la sed de todos los hombres. Se atrevió a ofrecer un agua pura que saciaría la sed de todos los que caminamos peregrinos en este mundo. Esta es la gran noticia: que Jesús puede saciar la sed de todos los hombres, que puede llenar nuestros deseos.

En definitiva, ¿de qué tenemos sed los hombres? De paz, de justicia, de felicidad, de libertad, de amor. Jesús no sólo tiene de todo ello en abundancia, sino que es su fuente. Como dijo un gran sediento: “Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (San Agustín). Hay que estar atentos a no buscar la experiencia del infinito en las drogas, en el sexo desenfrenado, en el dinero o en otras cosas donde, al final, se encuentra únicamente la desilusión. Jesús nos ofrece el Agua Viva de su Espíritu. El Agua que se convertirá en manantial que brotará hasta la vida eterna. Las cosas sólo son medios para vivir, el Agua Viva del Espíritu sacia nuestro deseo de infinito.


RENÉ CESA CANTÓN


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