RENÉ CESA CANTÓN

¿A quien realmente se parece Dios? ¿Es un Dios lejano, remoto, inaccesible al que no le importamos nosotros ni nuestro mundo? ¿Qué hay que hacer para saber cómo es?.

La iglesia nos enseña con fuerza que Dios se nos revela en Jesucristo. En la plenitud de los tiempos Dios envió a su Hijo único al mundo, a Jesús, su perfecta imagen y semejanza, quien se hizo uno de nosotros en todo menos en el pecado. El Hijo de Dios hecho hombre en Jesús es el plan de Dios que se concretó en carne y sangre. Mirando a Jesús sabemos cómo es Dios.

Viendo en los evangelios a Jesús y escuchando sus palabras, descubrimos que Dios es un Dios que ama mucho porque envío a su Hijo a buscar la oveja perdida, un Dios que, como el Padre del hijo pródigo, acoge y perdona, porque al momento de morir rezó: “Padre, perdónalos” e incluso ofreció excusas diciendo: “Porque no saben lo que hacen”. Este es el Dios que tenemos.

El Evangelio de hoy nos muestra a un Jesús que no sólo va en busca de pecadores, sino que dispone de los medios más variados para conquistar nuestro amor. El fariseo Simón es un creyente en Dios, pero que entiende muy poco de Dios. No pudo entender que Jesús mirara con cariño a la pecadora que estaba lavando sus pies. No se dio cuenta de los deseos de Jesús de perdonar los pecados de esa mujer; Jesús quería ganarse su corazón

Ella respondió con mucho amor porque se le había perdonado mucho. Jesús, el “cazador divino”, persiguió en cierta forma a esta mujer como lo hizo Dios con el rey David, cuando cometió un adulterio, gravísimo pecado al que agregó otro, el de asesinato.

Dios le ofreció la gracia del arrepentimiento enviándole al profeta Natán. La palabra “David” en hebreo significa “amado”. Dios amaba tanto a David que su decisión era salvarlo a toda costa y que no se perdiera. David reconoció su pecado, tuvo verdadero arrepentimiento y Dios lo perdonó. Perdonando su pecado a David, Dios se ganó su corazón. Dios quiere ganarse nuestro corazón perdonando nuestras faltas. Ese inmenso deseo de perdonar nuestros pecados, lo llevó a no perdonar a su Hijo y permitir que muriera en la cruz. En todas las misas Jesús siempre proclama: “Este es el cáliz de mi sangre, que será derramada por ustedes y por todos, para el perdón de los pecados”. Es obvio que por boca del sacerdote Jesús se está dirigiendo a nosotros. Nosotros somos el “ustedes” por el cual Cristo derramó su sangre.

Reflexionemos sin interrupción el inmenso amor de Dios por nosotros representando en la cruz de Jesús. Dichosos nosotros, porque nuestros pecados han quedado cancelados. ¿Qué nos pide Dios a cambio? Amor, únicamente amor.

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