En aquel tiempo, Jesús entró en la sinagoga, donde había un hombre que tenía tullida una mano. Los fariseos estaban espiando a Jesús para ver si curaba en sábado y poderlo acusar. Jesús le dijo al tullido: “Levántate y ponte allí en medio”.

Después les preguntó: “¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado, el bien o el mal?¿Se le puede salvar la vida a un hombre en sábado o hay que dejarlo morir?”. Ellos se quedaron callados. Entonces, mirándolos con ira y con tristeza, porque no querían entender, le dijo al hombre: “Extiende tu mano”. La extendió, y su mano quedó sana.

Entonces se fueron los fariseos y comenzaron a hacer planes con los del partido de Herodes para matar a Jesús.

Palabra del Señor.


Todo lo que puede provocar la envidia en los hombres, cuando no aceptamos que otro sea diferente, cuando nos da dolor por las virtudes del otro, cuando no podemos ver que otro logra poner a trabajar los dones que Dios le dio, en nuestro corazón brota la envidia. La Envidia busca matar con la lengua y el corazón al otro, busca como dañarlo y desprestigiarlo en vez de alegrarnos por las cosas maravillosas que Dios hace a través de los hombres.

Es la envidia la que hace que los fariseos de ayer y de hoy no puedan descubrir en ese hombre concreto, Jesús, la presencia y acción de Dios. En vez de abrirse al mensaje que con hechos Jesús les está dirigiendo, buscan como callar esa voz de Dios. Es por ello que hemos de estar atentos y prevenidos ante ese veneno que es la envidia, aquel que ha sido mordido por la Envidia no es fácil que se reconozca envidioso, pero de su corazón y sus labios brota el hablar y pensar mal del hermano. El envidioso no se alegra de lo bueno que hace el otro, por el contrario se duele de ello, busca como desprestigiarlo, busca sus errores, y si ve que el hermano cae se alegra de ello. Cuidado con la Envidia que llevo a Jesús a la muerte.


Germán Alpuche San Miguel

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