En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso y le suplicó de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Jesús, compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero, queda limpio!”. Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio. Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: “No se lo digas a nadie; pero para que conste, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés”. El, sin embargo, tan pronto como se fue, comenzó a divulgar entusiasmado lo ocurrido, de modo que Jesús no podía ya entrar abiertamente en ninguna ciudad; tenía que quedarse fuera, en lugares solitarios, y aún así seguían acudiendo a él de todas partes.

Palabra del Señor.


La lepra simboliza la situación del hombre cuando está enfermo de algún pecado, ya que por una parte el pecado grave le hace como un muerto en vida, aunque exteriormente sonríe, por dentro no tiene la felicidad, como si su vida se fuere perdiendo día a día. Y es que algo que hace el pecado es matar el interior del hombre, destruirlo y destruir a los que viven con él; de ahí que muchos viven desesperados, de mal humor, violentándose en casa. Además de que el pecado, como la lepra, excluye a los hombres de su vida familiar y comunitaria, es por ello que le cuesta relacionarse en su matrimonio y comprender a sus hijos. El pecado aísla al hombre.

En ese tiempo la lepra se presentaba como algo incurable, como el pecado y su destrucción del interior del hombre; hoy las ciencias no logran curar las heridas interiores que causa un aborto, un adulterio; porque el alma no es cuestión de terapias psicológicas, sino de que Dios actúe restaurando lo que en nuestro interior queda dañado.

Jesús tiene poder para curar todo aquello que se encuentra lastimado en tu interior, aquellas cosas que se conservan en tu conciencia y que te duelen, que en tu interior sabes que no están bien pero que no has evitado. Jesús puede curarte, solo tienes que acercarte a él con humildad y pedírselo.


Germán Alpuche San Miguel

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