En aquel tiempo, Juan predicaba diciendo: “Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”.

Por esos días, vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Al salir Jesús del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en figura de paloma, descendía sobre él. Se oyó entonces una voz del cielo que decía: “Tú eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias”.

Palabra del Señor.


Jesús ha sido bautizado, es decir sumergido en las aguas del Jordán, pero no para ser perdonado de sus pecados, ni para manifestar la necesidad de la conversión en su persona, sino para santificar la aguas con su presencia. A partir de que Jesús es sumergido (bautizado) en las aguas de jordán empieza a prefigurar la santidad que adquieren las aguas bautismales. Y lo mismo que Dios Padre pronuncia sobre Jesús manifestando que es su Hijo predilecto, también se realiza en los cristianos que son su Cuerpo.

Cuando un cristiano es bautizado Dios pronuncia una palabra sobre él haciéndolo “hijo suyo”, por su unión con Cristo realizada por el sacramento del bautismo. Porque el bautismo que es la puerta de entrada en la Iglesia, configura al hombre con Cristo y lo marca con un sello imborrable haciéndolo “hijo”, partícipe de la naturaleza divina, es por ello que el bautismo nunca se puede repetir puesto que sería despreciar las obras de Dios.

Este sello al mismo tiempo que configura con Dios marca eternamente como hijo de la Iglesia. Esta realidad ha estado tan presente en el pueblo de Dios, que ya los primeros cristianos afirmaban respecto a los frutos del bautismo que “nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene primero a la Iglesia como madre” (San Cipriano, obispo africano del siglo II). Es por ello que somos Hijos por nuestra unión con Cristo, esposo de la Iglesia.

A la luz de esta palabra, que el Señor nos conceda reconocer nuestra dignidad de hijos de Dios y de la Iglesia, y vivir de acuerdo a tal condición. Porque por las aguas del bautismo, que Cristo ha santificado con su presencia, hemos sido llamados a vivir como Hijos no como esclavos, lo que se tiene que reflejar en la forma de relacionarse, vestirse, hablar, convivir, primeramente en nuestra familia.


Germán Alpuche San Miguel

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