En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No es posible evitar que existan ocasiones de pecado, pero ¡ay de aquel que las provoca¡. Más le valdría ser arrojado al mar con una piedra de molino sujeta al cuello, que ser ocasión de pecado para la gente sencilla. Tengan, pues, cuidado.

Si tu hermano te ofende, trata de corregirlo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si te ofende siete veces al día, y siete veces viene a ti para decirte que se arrepiente, perdónalo”.

Los apóstoles le dijeron entonces al Señor: “Auméntanos la fe”. El Señor les contestó: “Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decirle a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar‘, y los obedecería”.

Palabra del Señor.


Muchas veces no consideramos que toda nuestra vida tiene una repercusión en los demás, lo que hablas, cómo lo hablas, lo que dice o actúas, todo contribuye al crecimiento o ruina de los demás. La violencia en la sociedad, los matrimonios destruidos, los robos, la basura, todo es parte de un todo social, los pecados de los adultos repercutirán necesariamente en las nuevas generaciones.

Es por ello que Jesús subraya con autoridad en relación a las ocasiones de pecado: ¡ay de aquel que las provoca¡. Para Jesús no existe el “cada quien su vida”, porque de la vida del otro también soy responsable porque es mi hermano en la humanidad.

Cuantos padres, cercados por un egoísmo profundo, no piensan en las repercusiones de su forma de vida en sus hijos. Cuando los hijos tienen que experimentar la violencia de sus padres, pleitos e insultos, irresponsabilidad e infidelidad, miseria y vicios, y después nos preguntamos ¿por qué hay tanto mal en el mundo?.

Cuando el hombre cierra su vida a Dios, el pecado lo cerca y no sólo lo destruye sino que lo lleva a destruir la vida de los que le rodean.


Germán Alpuche San Miguel

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