Lectura del Santo Evangelio según san Marcos 4:35-41


Cuando llegaron a Cafarnaúm, se acercaron a Pedro los recaudadores del impuesto para el templo y le dijeron: “¿Acaso tu maestro no paga el impuesto?. El les respondió: “Sí lo paga”.

Al entrar Pedro en la casa, Jesús se adelantó a preguntarle: “¿Qué te parece, Simón? ¿A quiénes les cobran impuestos los reyes de la tierra, a los hijos o a los extraños?”. Pedro le respondió: “A los extraños”. Entonces Jesús le dijo: “Por lo tanto, los hijos están exentos. Pero para no darles motivo de escándalo, ve al lago y echa el anzuelo, saca el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda. Tómala y paga por mí y por ti”.

Palabra del Señor.


En este pasaje no se está refiriendo al impuesto que era recaudado para el imperio romano por medio del gobernador, sino un impuesto personal propio de los israelitas. Cualquier varón israelita adulto debía contribuir a conservar el templo y a mantener el ofrecimiento de sacrificios.

Aquí se le pregunta a Pedro sobre la situación de su Maestro. Éste contesta con naturalidad diciendo que sí. Jesús es un “israelita” con todos los derechos y obligaciones. Habla del templo con profundo respeto, aunque conoce su carácter provisional (12,6) y sabe de la obligación de los ofrecimientos de sacrificios (cf. 5,23s.).

Jesús no tiene necesidad de pagar ningún impuesto, porque es el Hijo del Padre, pero ante la posibilidad del “escándalo” ante esta situación, procede de una manera distinta de la que piensa según lo más prudente a realizar. Por medio de un pequeño milagro patentiza que el mismo Dios cuida de este asunto. Así se echa a ver la exención del Mesías al pago, se honra a Dios y no se da escándalo a los hombres.

En ese sentido los cristianos, que no somos esclavos, tenemos conciencia de nuestras obligaciones, tanto con nuestra religión como con nuestras autoridades civiles ya sea en el pago de impuestos o en la realización de obras por el bien común.