Xalapa.- Todos los caminos andados confluyen aquí, en esta casa. En el amplio estudio del número 11 de la calle Pino Suárez, en el centro de la ciudad, las veredas de Praga, Alcalá de Henares, la Ciudad de México y Varsovia, de muchas otras urbes, se agolpan en el mismo sitio.

En uno de sus retratos más elocuentes, colocado junto a sus premios literarios, Sergio Pitol es sorprendido por la cámara, al interior de un aeropuerto, mientras se fuma un cigarro y se mete algo a los bolsillos. Está enfundado en un buen abrigo, elegante con su corbata morada, y en el carrito para las maletas lleva apenas dos valijas ligeras y un portafolios.

El escritor como viajero; o el viajero como escritor. Pitol es ambos, casi de forma indistinta, como lo muestran los objetos que adornan su residencia.

"En este mundo, mi tío aprendió geografía", explica Laura Demeneghi, sobrina de Pitol, mientras señala un viejo globo terráqueo de madera, colocado sobre el escritorio del autor de El desfile del amor (1984).

"Me encanta tener aquí la pieza donde mi tío aprendió y soñó con ir a muchos lugares, que fue lo que hizo posteriormente", abunda. Su Trilogía de la Memoria, que abarca El arte de la fuga (1996), El viaje (2000) y El mago de Viena (2005), testimonia esta existencia errante.

En la víspera de su cumpleaños 85, este 18 de marzo, Pitol habita exclusivamente en esta casa de Xalapa. A causa de una afasia primaria progresiva no fluente, ha perdido el habla, la capacidad de leer y escribir, y debe ser asistido para moverse.

La familia Demeneghi permite a sus amigos cercanos ir a visitarlo y los registra en una bitácora. Esta tarde de marzo, el autor tiene buen semblante y se le ve cómodo en la silla de su cuarto, frente a la televisión que transmite una película de vaqueros.

La residencia entera de Pitol declara la plenitud de una vida bien aprovechada. Sus premios literarios, como el Cervantes o el Alfonso Reyes, conviven con las fotografías de sus viajes y los souvenirs de lugares lejanos.

Pero alrededor del autor todavía quedan pendientes. Tras una larga pugna legal con el DIF estatal por la tutoría de Pitol, su primo, Luis Demeneghi, padre de Laura, fue nombrado tutor interino el año pasado.

Con un oficio enviado a la rectora de la Universidad Veracruzana (UV), Sara Ladrón de Guevara, Demeneghi acusa que no le entregan directamente el dinero que Pitol recibe de la institución por su labor académica ni los cheques para sus medicamentos.

"(...) al no contar con los talones de cheque, no es posible obtener la atención médica inmediata, así como los medicamentos a que tiene derecho como investigador de esta máxima casa de estudios, motivo por el cual se hace apremiante el poder contar tanto con el recurso propio de los pagos de honorarios (...) como con los talones de cheque", dice el texto con acuse de recibido en Rectoría.

Según Laura Demeneghi, el dinero de los honorarios llega por conducto de la anterior tutora de Pitol, la funcionaria del DIF Eos López Romero, lo que evidencia que la UV no reconoce el nombramiento de su padre.

Además, explica la sobrina de Pitol, interpusieron una denuncia por la desaparición de la medalla Cervantes, de su colección de plumas Mont Blanc y del ejemplar de Pedro Páramo que Juan Rulfo le dedicó, el cual pudo haber sido sustraído de su biblioteca personal, como ha documentado el periodista Mario Casasús.

La tutora de Pitol durante la administración de Javier Duarte, la funcionaria del DIF Adelina Trujillo, denuncia Demeneghi, no entregó un inventario legible de los bienes del escritor.

No así Eos López, quien la sucedió y encargó que los objetos personales fueran inventariados. Por todas partes pequeñas etiquetas numeran sus posesiones, sobre todo su biblioteca, que será entregada a la UV tras su muerte.

"Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas", escribió Pitol en El arte de la fuga.

En algún punto entre las fotos con Carlos Monsiváis y Margo Glantz, los discos de ópera, el estante con libros rusos en cirílico y sus propios libros, los caminos de Pitol se agolpan.

Ajeno a conflictos y bien cuidado por Mary, su enfermera, Sergio Pitol pasa esta tarde lluviosa de marzo, en la víspera de sus 85 años, cómodamente en su silla con la mirada en la película de vaqueros. El espíritu de su genio se deja ver por todos lados.

Agencia Reforma