Tomás Setién Fernández

Algo nos ha hecho huir de esas últimas funciones, proyectadas en los cines cuando las sombras de la noche se mezclan con los cortinajes oscuros, sombríos y atemorizantes, de esa clase de películas que destrozan hasta los nervios de acero del más valiente de los espectadores.

Y una última función en un complejo cinematográfico considerado como el mejor de la ciudad de Córdoba, abrió las puertas del infierno una vez más, ya con el cerrojo echo pedazos por toda la violencia vivida desde hace ya tiempo, presentando un argumento para nada salido de una cinta crueleimpía,sino redactando la propia muerte, el final de un joven bueno, trabajador honesto y deportista cabal, muriendo víctima del hampa casi a una orilla de las taquillas del mencionado lugar, hacia donde había acudido en su calidad de empleado, siendo su misión el trasladar el monto de los boletos vendidos a un determinado sitio de seguridad.

Siendo baleado de manera mortal el referido empleado, mientras en el interior del lugar una gran cantidad de espectadores contemplaban la proyección de la cinta El Conjuro 2, en donde al final fueron nada los espectros diabólicos, ante la realidad de un nuevo golpe, con muerte al calce, de la delincuencia que azota nuestra ciudad.

Hechos trágicos que el cine presenta más allá de su pantalla, tal y como ocurrió aquel también nefasto 20 de julio del 2012, cuando un orate sujeto que se decía ser admirador del personaje de los cómics con el sello de Batman, El Guasón o el Jocker, asesino a 12 personas en el inerior de la propia sala de un cine en la población de Aurora en los Estados Unidos, cuando se proyectaba la cinta El Caballero de la Noche, en clara alusión a la gloria fílmica del Hombre-Murciélago.

Armado hasta los dientes con dos granadas de gases, un par de pistolas, una escopeta y un fusil, James Eagan Holmes de 27 años de edad, visiblemente afectado de sus condiciones mentales, seria capturado, aduciendo que todo lo había realizado en honor de su personaje villanezco predilecto, siendo condenado finalmente el 7 de agosto del 2015 a cadena perpetua. Nunca antes habiendo sufrido los cines en nuestra ciudad asaltos, y menos muertes, con la sangre regada de un inocente que solo cumplía con su deber en la flor de su propia existencia, lo máximo en situaciones atemorizantes habían llegado por explosiones de cuetes o de palomas rellenas de pólvora, en el interior de aquel Cine Isabel, o el reguero de aquella substancia liquida que provoco un aroma pestilente, peor que el amoníaco, en plena función dominical, por lo cual se ofreció recompensa para encontrar a los que habían llevado al cabo esos actos, llevan hasta la pantalla de la vida real una historia cruel y mortal, que hace palidecer las escenas más estrujantes y violentas, contempladas en colores pintados con la sangre y la barbarie.

Pintando el alerta la ciudad de Saltillo, Coahuila, cuando en el mes de marzo de este año un complejo cinematográfico fue asaltado llevándose el hampa casi doscientos mil pesos sacados de las propias taquillas, de nueva cuenta cuando ya había comenzado la última función del día.

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