¿Hay alguna razón para cuestionar, en estos tiempos que no son ni los de la esclavitud ni los de la conquista española de tierras americanas, si existen seres con rasgos de humanos pero sin alma, es decir, meros hominoides? Parecería que no, que esta polémica ha sido superada por la evolución ética (¿?) de la humanidad. Sin embargo, en esta triste novela, “Nunca me abandones”, Kazuo Ishiguro nos pone en alerta respecto a un nuevo problema, a una nueva deshumanización de algunos especímenes que vuelven a protagonizar este dilema. En Inglaterra (¡precisamente en Inglaterra donde la ética está supeditada a la ciencia!), aparece una misteriosa escuela en donde hay maestros, monitores, custodios (especie de prefectos de disciplina), una directora, obviamente “alumnos” y un enigmático personaje que funge como una especie de protectora cuyas esporádicas apariciones son para recolectar los más valiosos trabajos (artísticos) de los pupilos para guardarlos en una peculiar “Galería”.

Haisham (‘Viva la copia‘) es el nombre que Ishiguro (premio Nobel de Literatura 2017) da a este singular centro educativo. Por boca de Kathy, la protagonista-narradora, el novelista nos cuenta una historia entre realista y fictiva, en la que los niños, primero, y luego, ya adolescentes y jóvenes en un centro similar (las Cottages) son instruidos, capacitados y preparados para una estremecedora misión. Sin apellidos -símbolo de su orfandad- y sin capacidad reproductiva (aunque con absoluta libertad sexual desde la adolescencia), los “alumnos” viven su vida y su educación sin saber a ciencia cierta su futuro. La protagonista Kathy H. narra cómo es ese proceso que los induce, de manera infalible, a aceptar el destino que les ha sido trazado.

Con una precisión impresionante, con un dominio total de la técnica narrativa, dosificando la información que mantiene al lector en vilo, literalmente, al borde del asiento, el autor plantea este drama, terriblemente triste y doloroso de niños y jovencitos que vienen a este mundo gracias a una necesidad que día a día se vuelve más imperiosa: la curación de enfermedades que diezman a la humanidad. Ellos tienen en sus manos y en su poder que muchos enfermos sanen. Para ello tienen que aceptar el futuro a que los tienen predestinados. Palabras como “cuidador”, “donante”, “aplazamiento”, “posibles”, “completar”, que se emplean sin dar definiciones precisas y oportunas, pero cuyos espeluznantes significados el lector va descubriendo gracias al relato autobiográfico de la protagonista y guiados por la diestra mano narrativa del autor -verdadero creador de mundos-, la novela nos lleva a vislumbrar ese escenario ¿futuro? que amenaza a la humanidad. Un mundo en donde el fin justifica los medios, por más que estos sean inhumanos, crueles, despiadados, pero en lo absoluto ajenos a la imaginación, al interés y a la ambición de quienes ven en ellos una justificación científica, pero jamás ética.

Vuelve la pregunta: ¿es pertinente replantear el dilema: seres humanos, sí o no? ¿Es el laboratorio de biogenética el sitio ideal, perfecto, posible, para obtener el remedio científico para alcanzar un fin que los intereses, fundamentalmente económicos y políticos, buscan justificar con argumentos supuestamente filosóficos?

Kathy, Ruth y Tommy forman un singular triángulo de destacados “alumnos” de esta impresionante “escuela”, en donde parece que todo es bello, ordenado, perfecto, en donde reina la felicidad, y ellos dirán que sí, que es posible sacrificar todo: origen, futuro, salud, vida, con tal de cumplir su misión. Kathy nos dirá, de la mano del espléndido fabulador y visionario que es Ishiguro, que ese tramo de vida en que ellos han sido adiestrados para apurar hasta la última gota no les permite otra opción y que, finalmente, sonrisa en los labios, ellos aceptarán que su brevísima existencia es digna de ser vivida y que lo que sacrifican: futuro, sueños, anhelos personales, amor, todo se esfuma en función de su marcado y aceptado destino, para el que fueron concebidos. Y con ello descargan la conciencia de los científicos, sociólogos y filósofos que, desde la tribuna, discuten y coinciden en que la ciencia debe seguir inflexiblemente su camino, sin más consideración ética que la utilidad práctica.

Habrá, sin embargo, y lo sabremos hasta el final de esta novela distópica, un pequeño grupo de inconformes: la señorita Lucy, la directora Emily y la protectora Marie-Claude que intentarán salvar de esta vorágine a quienes se les ha negado su derecho de ser humanos. “Pobres criaturas. ¿Qué es lo que os hemos hecho? ¿Con todos nuestros planes y proyectos...?”, se preguntará (y nos preguntamos nosotros) Madame Marie-Claude. “Nosotros -responderá la directora de la escuela, para entonces ya desaparecida-, al menos, nos preocupamos de que todos quienes estabais a nuestro cuidado crecierais en un medio maravilloso. Y procuramos también que, después de que nos dejarais, pudierais manteneros lejos de lo peor de estos horrores” (320).

Una novela conmovedora.

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GINO RAÚL DE GASPERÍN GASPERÍN


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