Ixtaltepec.- Durante los dos días que duraron los sepelios en este pueblo de 7 mil 300 habitantes, los enterradores sacaron sus bebidas preparadas con mezcal, fruta y caña de azúcar para aguantar la jornada de tristeza.

Hombres fuertes, torvos, de manos rasposas, se quebraban ante el desfile de ataúdes que dejó el sismo del jueves por la noche, y que ha costado la vida a unas 70 personas en la zona del Istmo de Tehuantepec. En Zapoteco, sostenidos por el brebaje, recordaban a las víctimas y agradecían su existencia.

Adelfa Enríquez Ortiz, de 72 años, fue la víctima de mayor edad en Ixtaltepec y una de las que más dolor causó pues era conocida en todo el pueblo y muy apreciada pues por más de 30 años se dedicó a vender tamales.

“Nunca se quiso ir de su casa, pese a que mi papá se murió hace unos años, nos la quisimos llevar, pero no quiso. Ella decía que esa casa sería su tumba”, cuenta Mario Enríquez, uno de sus hijos.

Ella fue encontrada por sus hijos debajo de un montón escombros que fueron su vivienda.

Aunque medios de comunicación y autoridades han centrado su atención en Juchitán, este municipio, ubicado a unos 20 minutos por carretera, también refleja la destrucción dejada por el sismo.

Durante años, se dedicó a la venta de “tamales tradicionales”. “Y con todo y sus años, se iba temprano al molino con el maíz. Lo ponía en una carretilla y se lo llevaba en cubos para preparar la masa. La noche antes, el maíz había sido curtido con cal y agua caliente”, recuerda Mario.

Así pasó más de 30 años de trabajo junto a su esposo. Así construyeron la casa que la mató a ella y ha enlutado a la familia.

Adelfa no quería grandes funerales, pidió que fueran lo más sencillo.

El día de su entierro los deudos sufrieron porque querían enterrarla pronto, como ella había dispuesto en vida, pero el panteón estaba saturado. En cada esquina había personas llorando. Uno atrás de otro llegaban los féretros con víctimas.

Amigos, padres, hijos, abuelos, el gran temblor hizo que los rencores se olvidaran, y que aflorara la solidaridad. Ricardo Nolasco Sánchez, de la avenida Independencia, pasó la noche con un familiar que le dio techo pese a algunas diferencias. La casa de Nicolás y su esposa quedaron aplastadas por la ira de las placas tectónicas.

Antes de ser el montón de basura y escombro, la vivienda se alzaba como una de las más bellas de este poblado.

En las mismas está Claudia Luis Regalado, de 35 años de edad. El reportero la encuentra debajo de cuatro paredes y un techo en el suelo.

Entre sus dedos sostiene una joya, es un pequeño arete de oro que forma parte de su ajuar de paisana. En medio de la desgracia, cree que entre los escombros encontrará el resto de sus tocados dorados. Su traje completo está intacto en un ropero al cual luce ileso.

Una alegría dura poco. Claudia Luis Regalado mira a su hija, a la que piensa heredarle el vestido pronto, y sabe que no ha comido ni dormido bien. Y que por lo menos les depara otra noche de dormir bajo un árbol.


Ignacio carvajal