Faltan 5 minutos para la media noche. Estar sentado aquí no es tan diferente a beberse un café con un viejo amigo. Apenas conozco a Augusto, pero la conversación con él es tan grata como con cualquier otro. Ambos miramos por la 'ventana', y no es una vista cualquiera: El Palacio municipal de Córdoba, "uno de los más bonitos de toda América", dice Augusto.

Las luces de los negocios de la cuadra se han apagado por completo. Un pedazo de cartón nos separa del piso. La gente pasa y nos mira con indiferencia, la misma indiferencia que yo mismo mostraba antes de decidirme a pasar 48 horas al lado de las personas que duermen en las calles del centro de la ciudad, los invisibles.

La idea no es ser uno de ellos, pero sí comprender mejor la vida de alguien que a diario se expone a la incertidumbre: Nadie podría asegurar que nunca estará en esta situación. La vida da muchas vueltas, se suele decir. Y Augusto es un ejemplo de ello.

Una cabeza en el parque

Tiene 84 años y comparte piso con otros tres vagabundos. Quizámañanalleguen más. Los espacios están delimitados por el propio cuerpo y una o dos pertenencias. Las de Augusto se reducen a un morral con dos botellas y vasos de unicel. Uno de esos vasos lo usa para orinar; el otro como papelera. Le gusta mantener su casa limpia, como los ingleses, dice él. "Los ingleses, no los gringos".

La gente pasa rápido frente a él y sólo algunos (los que quieren mirar) ven una cara sucia, la barba cana, uñas sin cortar y zapatos que no combinan con el pantalón. La gente solo ve lo que quiere ver: un mendigo jalando el humo de un cigarrillo. Imaginan una vida desperdiciada. Yo lo he hecho. Muy pocos, en cambio, se preguntan qué ve Augusto. Doy una pista al respecto: Augusto ve a gente que se asoma por el jardín de su casa, y él les mira por la ventanay se ríe, porque esas personas (ingenuos) piensan que están viendo entre los muros de su casa.

No hay ruidos en las noches de Augusto. Los motores que a mí me parecen ensordecedores ya son algo cotidiano para él. Una anécdota lo refleja: El anciano dormía en el parque V Centenario el día 2 de mayo, cuando miembros del crimen organizado arrojaron una cabeza a la plaza y poco después el lugar se llenó de policías. A Augusto tuvieron que despertarlo "?De veras no vio nada?", le preguntó un agente. "Pues no, estoy durmiendo. Cuando duermo, duermo", respondió.

Luego reflexiona sobre lo que pasó. "Da miedo. Al rato aparece mi cabeza Pero bueno, lo que quiero es que me libren bien dela barba para que quede bonito Ni a los toros les hacen eso".

Augusto conoce el peligro. Si no eres víctima de la delincuencia, lo eres del clima. Decenas de personas en situación de calle han perdido la vida por hipotermia, alcohol, cirrosis, atropellados o golpeados No hay un historial que los identifique; ningún documento; ningún familiar.

El fracaso

Augusto sigue mirando por la ventana, hacia el palacio. Tiene todo el tiempo del mundo para recordar, por ejemplo, que empezó a beber con 14 años, que el desierto casi le mata de sed para cruzar a Estados Unidos, que aprendió latín en la iglesia, inglés en los talleres gringos, que trabajó como cargador, que tenía esposa e hijos y que un buen día decidieron desecharle "?Sabes lo que es desechar?", me pregunta. Pues eso, "botarme a la calle".

Dice Augusto que su vida ha sido "un fracaso", pero que ya es pasado y que ese ya murió, ya no existe. Ahora lleva cuatro años sin beber y está en periodo de "convalecencia" por un problema de próstata que le atienden en un hospital privado gracias a la caridad de "un licenciado". "Adivinar el futuro es muy duro". Prefiere no pensarlo.

Es madrugada y los párpados empiezan a pesar como las botas que, por seguridad, serán mi almohada durante las dos noches. "Nomás que quítese los zapatos y póngaselos debajo de la cabeza", me dice Augusto, aunque no se refiere a lo que puedan pesar. "Si no lo hace ya no amanecen donde los traes. Ése que está por allá, se los chinga", me advierte el anciano.

Le hago caso. Como él hay decenas de personas que encuentran en el suelo un pilar dónde sujetarse. No viven en una realidad distinta, nosotros somos quienes los segregamos. "Alcohólicos, drogadictos, vagabundos..."; hay infinitas maneras para llamarles, pero ninguna tiene un sentido amable.

Las campanadas que se escuchan en el parque se pueden ya contar con los dedos de una sola mano. Es hora de dormir, aunque el tiempo en la calle no significa nada. Es sólo la espera y la llamada de las necesidades más básicas. Cuando los pies se cansan es hora de sentarse, cuando la espalda se cansa es hora de levantarse, cuando el estómago 'chilla' es hora de comer Y sin tiempo, ?qué esperan?

Mi nombre en la historia

Pasan varias horas, Augusto mira el reloj digital que compró hace 32 años en Los Ángeles (California). Me dice que ya es tarde, que ya se tiene que ir. De reojo veo el reloj, y noto que el huso horario no es el correcto, o sea, que la hora va mal.

A cuenta gotas suelta pinceladas de su vida. Me dice que su nombre es como el de cualquiera de sus hermanos, robado a un personaje histórico por su padre: "Él tenía miles y miles de libros, y yo los leía, nuestros nombres pertenecen a líderes, a hombres que marcaron la historia".

Augusto, como cada día, levanta su cama, la acomoda de tal modo que parece que no estuviera ahí, toma su morral y me pide que lo siga. Caminamos por la calle 1. "La gente es bondadosa aquí en Córdoba. Nos ofrecen café, pan, tamales y agua. Sin pedir nada, sin estirar la mano".

Augusto no llegó a dormir la tercera noche que pasé en la avenida 3. Un hombre a quien no pude conocer, y que solo ubico por 'el licenciado', le ha ayudado a salir adelante con su enfermedad. La madrugada del viernes lo llevó a un albergue. En la ciudad hay varios, pero las personas que pernoctan prefieren no ingresar, muchos se niegan a pasar una noche sin beber y otros piensan que los van a encerrar.

De momento, Augusto ha dejado de escuchar las campanadas de su antiguo hogar. Ha dejado de mirar por su ventana hacia elPalacio municipal. En las mañanas, sin embargo, regresa a las calles, al día sin tiempo.

II JOSÉ JUAN CRUZ

EL MUNDO DE CÓRDOBA